Todos tenemos dobles en infinitas dimensiones


La teoría de los múltiples mundos, enunciada por el eminente físico Hugh Everett y aceptada cada vez por más científicos, apunta a la existencia de infinitos universos paralelos en los que existirían dobles de cada uno de nosotros, experimentando todas las posibles circunstancias de nuestras vidas. Curiosamente, ciertos «exploradores de la conciencia», capaces de realizar viajes fuera del cuerpo hacia otras dimensiones del espacio-tiempo, han penetrado en «realidades» que ratificarían la hipótesis de Everett.
A finales de los años 50, el estadounidense Robert Monroe, ingeniero de sonido de radio y televisión, comenzó a realizar experimentos sobre aprendizaje acelerado en sus ratos libres, cuestión en la que estaba muy interesado.
Estas prácticas provocaron en él una serie de estados de conciencia no ordinarios que entonces no entendía. Hasta que cierta noche le sucedió algo que cambiaría para siempre su vida… y la de cientos de miles de personas en todo el planeta. Así lo contaba el propio Monroe: «En 1958, sin ninguna razón aparente, empecé a flotar fuera de mi cuerpo físico. No era voluntario. No estaba intentando ninguna proeza mental. No fue durante el sueño, por lo que no podía rechazarlo como una simple ensoñación. Tenía plena conciencia, estaba consciente de lo que estaba pasando. Que fuera tan claro sólo lo hizo peor. Así que asumí que era alguna forma de alucinación severa causada por algún peligroso tumor del cerebro, un ataque o una enfermedad mental inhabilitante. O la muerte inminente».
Según el ingeniero, por mucho que lo intentó, no fue capaz de controlar tan desconcertante fenómeno: «Solía ocurrir cuando me acostaba o relajaba para descansar, o cuando estaba preparándome para dormir. Flotaba a unos palmos sobre mi cuerpo antes de que me diera cuenta de lo que estaba pasando. Aterrado, forcejeaba a través del aire para regresar a mi cuerpo físico. Tenía la convicción de que me estaba muriendo. Intenté cuanto pude, pero no lograba impedir que se repitiera».
Sonidos para viajar a realidades ocultas
Durante mucho tiempo, pensó que sufría alguna enfermedad grave, física o mental, por lo que visitó a innumerables médicos, quienes una y otra vez ofrecían idéntico diagnóstico: tenía una salud perfecta.
Finalmente, se dio cuenta de que no le ocurría nada malo y llegó a la conclusión de que, aparentemente por casualidad, había conseguido poner en funcionamiento una serie de capacidades cerebrales que habitualmente están «dormidas». Comenzó entonces a informarse sobre lo que se sabía hasta ese momento en relación al cerebro.
Con sorpresa, descubrió que en realidad los estados mentales son ondas, así que pensó que un método para provocar dichos estados de modo artificial podría ser mediante sonidos, que también son ondas. En aquellos lejanos años, Monroe no lo sabía.
Pero, desde la noche de los tiempos, la música es empleada en los ritos de diferentes culturas para generar estados no ordinarios de conciencia. Sin ir más lejos, los mantras y otros sonidos armónicos constituyen elementos esenciales en los ejercicios budistas de meditación.
Monroe acabó convirtiéndose en un próspero empresario de la comunicación, por lo que su desahogada situación económica le permitió costearse la construcción de un laboratorio en el que investigar la influencia de los sonidos sobre los estados cerebrales. Durante décadas, el ingeniero estudió el asunto, primero en solitario y luego con el apoyo de diversos colaboradores.
Uno de ellos fue Skip Atwater, agente de la CIA implicado en proyectos secretos de visión remota, quien acabaría convirtiéndose en director de la organización internacional creada por el ingeniero: el Instituto Monroe, por cuya sede en Virginia (EE UU) han pasado miles de personas para formarse como instructores.
Visto en  :  Eternity
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